Horas antes nadie albergaba la menor duda de que PP y Ciudadanos se iban a pegar un castañazo monumental en las elecciones catalanas. El pronóstico de los trackings que se difundieron el domingo por la tarde, cuando faltaban dos horas para que cerraran los colegios electorales, predecían que el partido de Inés Arrimadas iba a perder 24 de los 36 escaños que cosechó en 2017 y que esas dos docenas de asientos cambiadizos irían a parar al PSC, a Vox y al PP. Gracias a esos trasvases, auguraban los chamanes de las encuestas, los socialistas llegarían a la foto-finish del sprint final en condiciones de disputar la victoria, los populares alcanzarían la media docena de escaños -dos más de los que obtuvo García Albiol hace cuatro años-, y los abascalistas consumarían el temido sorpasso por escasa diferencia. La verdad fue mucho más cruda. El PSC ganó las elecciones, sí, pero Ciudadanos perdido 30 diputados, el PP empeoró su peor marca de todos los tiempos y Vox casi multiplicó por cuatro la cosecha de Alejandro Fernández.

El bombazo actuó como una centrifugadora y envió a los votantes que se mueven en el centro del espacio político a posiciones periféricas. Algunos apostaron por Illa con la ingenua esperanza de que el ex-ministro supiera protegerles mejor que Arrimadas de la amenaza independentista. Otros respaldaron a Ignacio Garriga -el candidato de Abascal-, atraídos por un discurso que destilaba más energía que ningún en las proximidades ideológicas de los defensores de la Constitución. Pero la mayoría -cerca de 700.000- optó por quedarse en su casa. Lo llamativo, es decir, lo dramático para el partido que lidera la oposición, es que casi ninguno eligió sus siglas como apuesta de recambio a la de Carlos Carrizosa. Por mucho que Génova se obstine en negarlo, el dato es estremecedor. Es cierto que no se puede extrapolar al ámbito nacional de forma directa, pero también lo es que Cataluña ha sido siempre un buen termómetro para medir la salud del principal partido de la derecha. Sus mejores resultados (los de Vidal Quadras el 1996 y los de Alicia Sánchez Camacho en 2012) coincidieron con la victoria de Aznar sobre Felipe González y la aplastante mayoría absoluta de Mariano Rajoy.

El hecho de que en 2021 haya retrocedido respecto a 2017, cuando el PP estaba entrando en barrena, demuestra que Pablo Casado no ha sido capaz de enderezar el rumbo del partido que heredó en estado se semi ruina de sus pródigo predecesor. Le guste o no, su liderazgo sale de estas elecciones tocado del ala. A pesar del giro estratégico de última hora no ha sido capaz de de ilusionar a los votantes más moderados -que han preferido refugiarse en la abstención antes que acudir a su encuentro-, y encima ha perdido por KO la batalla que le enfrenta, por el flanco más enérgico de la derecha, a Santiago Abascal. La consecuencia del estropicio es que el espacio de centro ha quedado más despoblado que una ciudad fantasma del Valle de la Muerte.

Esa tendencia a la desertización centrista comenzó en las elecciones de noviembre de 2019. Más de dos millones de votantes que habían respaldado a Albert Rivera en el mes de abril decidieron quedarse en su casa mientras se fraguaba la gestación de un gobierno social-comunista. Año y medio después, según el queo de las urnas catalanas, los abstencionistas moderados aún siguen sin ganas de salir a votar. La gran pregunta es: ¿hasta cuándo durará su pasotismo? Si el PP no les gusta -y está claro que no-y Ciudadanos está en las últimas -y está claro que lo está-, ¿quién será capaz de ocupar el vacío que antes llenaban entre los dos? De momento no hay nada a la vista. El crecimiento de Vox tiene techo. Puede ganar la batalla del flanco diestro, pero la llamada mayoría cautelosa que Iván Redondo fue incapaz de incorporar a las alforjas del PSOE está fuera de su alcance. Pincho de tortilla y caña a que si Casado y Arrimadas no se apresuran a poner en pie algo distinto a lo que pastorean por separado, Sánchez seguirá en el poder hasta el 2030. O más.
Source: ABC